El día que murió Ernesto Sábato

Sábato aguardó en su casa de Santos Lugares (Buenos Aires – Argentina) algo especial. Durante mucho tiempo esperó que ocurra algo, que se presente así de repente a través de su mente de 99 años, una historia o una imagen, algo.

Dormía pensando en una historia, mirando a sus personajes, queriéndolos y abrazándolos, hablándoles de las personas que hasta los años 70 se le acercaban para preguntar por Juan Pablo Castel, por los Vidal Olmos o por la Argentina durante sus tiempos difíciles de la dictadura, Sábato quizás sonreía esa madrugada del 30 de abril cuando esa neumonía derivada a bronquitis finalmente hizo descansar esa visión empapada de cuanto libro se le presentaba.

Esa madrugada falleció aquel hombre de bigote blanco pronunciado y de anteojos oscuros gruesos, uno de los escritores de mayor repercusión en la literatura argentina y uno de los máximos exponentes de las letras latinoamericanas.

Físico de nombre pero artista de profesión, Sábato a lo largo del tiempo se convirtió en un personaje destinado a las artes y las letras, ello lo demostró su retiro definitivo de las ciencias en 1943 por motivo de una crisis existencial. Nunca pensó que aquella decisión sería la más acertada que hubiese realizado en su vida, puesto que cinco años después y tras un rechazo por parte de una editorial bonaerense publicó en una revista lo que sería su novela cumbre El túnel, una obra psicológica que hizo de Juan Pablo Castel uno de los personajes íconos de los amantes de la lectura y que incluso generó la admiración del escritor francés Albert Camus.

Este hecho catapultó sus deseos de continuar y así apareció en 1961 Sobre héroes y tumbas, una novela que buscaba, según el autor, lograr mediante el lenguaje poético lo que jamás se logra mediante documentos de partidarios y enemigos. A pesar del tiempo y compartiendo su amor por la pintura con la lectura, volvió a deleitar a los lectores con su tercera y última novela Abaddón, el exterminador después de diez años.

Quizás Sábato nunca se imaginó que escribir estas tres novelas lo convertiría en objeto de culto para los amantes de la literatura, sus escenarios, la psicología de la obsesión y la muerte combinados en sus historias lo convirtieron en un escritor de culto; sin embargo, no hubo tiempo para disfrutar más de su talento luego de la prohibición médica que le impedía leer o escribir por sus problemas de visión.

Finalmente sus ojos ya enceguecidos y empapados de cuanto libro se le presentó descansan para siempre, sus manos que con arduo trabajo no solo crearon las historias más sorprendentes sino que también formaron imágenes pictóricas reposaban en su cama mientras a lo largo de Argentina y el mundo la gente recibía la triste noticia. Ernesto Sábato quizás cumplía con lo que decía para cuando muriera “descender a los infiernos”, pero no contaba que se encontraría desde ya mucho tiempo atrás en el olimpo de la literatura latinoamericana.

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Estudiante de Ciencias de la Comunicación en la especialidad de Periodismo. Lector y aspirante a escritor. View all posts by Ventana Informativa

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