Un país en los andes

Portada del libro de Rivera Martínez

Leí País de Jauja cuando recién ingresaba a la universidad, fue una noche esperando el curso de Derecho Civil y Penal, como quien descubriendo entre la cantidad de libros de la biblioteca uno que resalte no solo por la trama, sino por la extensión y el inicio.

Recuerdo haber leído la primera parte y me atrapó inmediatamente la historia de Claudio, un muchacho que ingresaba a sus días de vacaciones teniendo aquel primer 08 de nota que le había puesto el cura Warton, un personaje misterioso tan igual que los demás que iría descubriendo mientras avanzaba la lectura.

No la leí completa aquella vez, tuvieron que pasar cuatro años para finalmente leerla de un tirón, en clase, en el auto o antes de dormir, pero siempre teniendo en cuenta la continuación de aquella historia, a Claudio, a su hermano, a su madre y a su molestosa tía que igual quería a pesar de todo.

No solo la trama de este muchacho amante de la música clásica y sus ganas de saber de la historia de su familia me atrajeron, sino que me indicó el camino correcto a la lectura, descubrir el escenario de Jauja, una ciudad que ´se salvó´ de ser la capital del Perú, de haber sido así me imagino que la historia no hubiese tenido ese contexto y desarrollo con el que leí.

País de Jauja tiene un modo de atrapar al lector, la narración combinada con los diálogos hacen que uno no se sienta presionado de distinguir la redacción con una conversación, de combinar la historia y lo que vive Claudio con la transcripción de un diario personal que hace descubrir al lector la psicología del infante camino a ser joven. El modo de contar las tradiciones jaujinas, desde las celebraciones navideñas hasta el paso del carnaval, todo lo que congenia para hacer de la historia de Edgardo Rivera Martínez una joya literaria.

Edgardo Rivera Martínez, autor del libro

A pesar de realizarse la historia a finales del siglo pasado y no distribuirse por capítulos, podemos distinguir el camino de Claudio a descubrirse así mismo, conociendo a su familia así como el mundo, encontrando entre su vida andina música de Mozart y las lecturas de Homero o las prácticas de piano de Chopin y las conversaciones curiosas con el vecino fabricante de ataúdes, Fox Caro.

A mi parecer, Rivera Martínez comienza y finaliza una historia que merece ser leída una y otra vez, desde su narración en tiempo pasado y en segunda persona que hace sentir al lector protagonista de la novela, hasta el final cuando se realiza una especie de homenaje a lo aprendido (la música clásica y andina con una combinación de la historia familiar). Un final de novela muy bueno.

Soy honesto en decirlo, pero a pesar que ha pasado tiempo de haber leído esta novela me impulsa a volver a hacerlo. Total, ya se encuentra ubicado en mi biblioteca de ejemplares novelescos favoritos. Gracias don Edgardo por sentirme Claudio durante dos semanas de lectura.

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About Ventana Informativa

Estudiante de Ciencias de la Comunicación en la especialidad de Periodismo. Lector y aspirante a escritor. View all posts by Ventana Informativa

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